Esto: un espacio tan animal/nebuloso/primitivo entre usted y yo.
Andando hacia el mismo lugar pero no chocar.
Mirarnos de reojo... Esta es la maldición de la vista periférica: sé que está ahí, más no puedo detallar si me está viendo.
De niño perdí un reloj.
Como muchas otras cosas que extravié, pesó en mi alma.
Es uno de esos recuerdos que cuando se pasean fugazmente en el presente, generan contra toda voluntad un malestar.
El malestar se manifiesta de muchas formas:
▪️puede cortar una idea en medio de una conversación.
▪️puede perder la mirada en el afuera.
▪️puede crujir los dientes.
▪️puede dejar salir un grito.
▪️puede dar paso a una lágrima.
Recuerdo también que mi abuelo tenía una historia similar, con los mismos síntomas de ese malestar.
Contaba, de una forma que en ningún otro espacio lo hacía, cómo dejó escapar un lindo canino de la familia. Al salir de la casa al trabajo por la mañana, olvidó cerrar el portón del frente. Un universo de posibilidades para ese can...
Cada vez que recordaba ese momento sus mejillas se bañaban con culpa y ansiedad.
A él no le invadía la tristeza por perder al perrito. Ese simpático cuadrúpedo era algo distinto. Ese perro era su amigo. O tal vez no. Tal vez sólo representaba otro montón de aspectos de su vida que dejó ir.
El dolor venía del no saber qué pasaba con ese otro. ¿Dónde estaba? ¿Estaría bien?
Está muerto. Eso es seguro. Han pasado décadas...
Y sin embargo, a través de la fábrica del espacio y el tiempo, mi abuelo lo guarda en su corazón.
Mi reloj era para mí, la responsabilidad, la confianza de mis padres, una estratagema para ubicarme en la realidad, un imán que generaba curiosidad a otros niños y niñas. Por un momento el mundo venía a mí.
Siempre se me ha dificultado ir al mundo. Siempre he sido distante, dice mi madre.
Siempre he querido conectar con la gente.
¿Dónde estará ese reloj? ¿Estará bien?
¿Conectará personas?
Hoy volví a pensar en el reloj. Pensé en mi abuelito (Papi). Pensé en su perrito.
Pensé que aún estoy a tiempo de evitar el sufrimiento y la pesadumbre que embargó a mi ancestro.
Pensé que había pensado y que había pasado.
Cómo el breve suspiro que duró mi encuentro con ese reloj.