martes, 19 de septiembre de 2017

Cómo caer dentro de la boca del lobo


Huelo el miedo. No es de otro, es el mío. Lo siento... Lo vivo.
Vivir son segundos, minutos, una palabra, una propuesta...
Vivo mientras contemplo un frágil palacio de posibilidades. 
Refugio con el más endeble cristal: la esperanza que colapsa
sobre mi ceño, bajo mi nariz, cruzando mi garganta.

Las lágrimas se conforman de las más puras intenciones, 
de verdades prostituidas y un vestigio de alegría.
Me detengo. Inhalo estocadas de fuego vacío y revoltoso y, durante este breve capítulo... ARDO.

ARDO como cuando el tiempo se detuvo sobre el suelo
mientras esa bendita prenda estaba cayendo. La armadura
se afloja y las rodillas flaquean indefensas ante la imponente diosa.
Cayendo va mi pensamiento en un escalofriante umbral, adormecido
y abusado por el espíritu de venganza contenido en un vaso que
saca las carcajadas efímeras y hipócritas. Sonrisas sinvergüenzas, 
insolentes, que conocen más de lo que deberían.
Pretenden el cielo y aplastan sueños.

Fantasías ilusas, hiperbólicas e ingenuas. Sí. Transparentes.
Tan claras como la luz que entró por la ventana y se posó 
gentilmente sobre su cabello. Tan claras como desnudar el alma,
el cuerpo, el corazón...
Guardé con recelo las curvas de sus besos, la claridad de su mirada
y la suavidad de sus muslos.

Grito desenfrenado. Rabia convulsa. Puño en el cementerio.
Para ustedes, deshonrosos miembros del jurado. Para ustedes 
regodeandose en el morbo de la pasión, la virilidad y el amor.
Para ustedes impávidos suicidas y perversos engendros.

Las risas ocultan vacíos. Esos cuchicheos odiosos adornan la desazón.
Complejas noticias: ni el alcohol ni el polvito de hada le hará despegar.
La tempestad descansará cuando acaben estas letras; traicionadas, descolocadas y desamadas.

Y a usted, sí... Usted. Le reservo amplio espacio en mi lienzo, -que 
hacía tiempo no me atrevía a pintarrajear-, como la villana (derecho supremo
que me conceden los dioses del arte) de este visceral pasaje.
Perdóneme la confianza. Perdóneme la claridad. Perdóneme el irreverente
atrevimiento de adorar su aroma, su cabello y sus peculiares dedos.
Perdóneme. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario