viernes, 29 de septiembre de 2017
Camarada
Una persona me bendecía.
Otra pretendía no verme.
Alguien contaba el chiste que había contado ya infinito número de veces.
Otro no me veía, de nuevo.
Dos personas me maldecían con su bendición y su mirada.
Alguien tenía la cara entumida por sonreír: un espejo reflejando...
Esto se repitió 666 veces.
A veces la rutina cambiaba cuando me paraba al frente a lanzar piedras.
O cuando reía durante las disertaciones.
-Prometo que no reía por las palabras homofóbicas/patriarcales/conservadoras/castrantes/intolerantes/
aniquiladoras de sueños, sino más por las maquinaciones prohibidas de una imaginación enjaulada.-
De vez en cuando, uno conocía personas de fe. Que rompían con la apatía y la amabilidad superficial de la hipocresía generalizada.
Un día alguien así se acercó y me habló.
Me hizo sentir bienvenido.
Era un "compita" más. Era como con los que mejengueaba, sólo que buena influencia.
En círculos dogmáticos por lo general no hay -irónicamente- tiempo para las personas;
los sentimientos, los sueños y los valores individuales son eclipsados por unas letras
impresas que fueron conceptualizadas siglos antes, milenios...
Bueno, por lo menos esa fue mi vivencia.
Esteban trascendía estas normas. Recuerdo que siempre hacíamos chistes diferentes.
Recuerdo que hacíamos una buena dupla para bretear.
Recuerdo que jugábamos fút.
Recuerdo que Esteban era esposo de una magnífica esposa con la que se iba de aventuras. Pude
escuchar las historias de cómo se conocieron y qué tanto se embriagaron en su luna de miel.
No recuerdo los cómo, pero sí recuerdo el calor que envolvía a mi corazón al verles.
En fin, Esteban nunca se ocupó de "salvar mi alma". Se ocupó por conocerla.
Yo sentía sus oraciones, sus buenos deseos, sus consejos... Su amistad.
Por eso sentí que lo abandonaba cuando presenté mis cartas de renuncia a los distintos
líderes religiosos. Cuando dejé atrás el ministerio de niños, de jóvenes y las predicas
de los domingos por la madrugada.
Una mañana en la que iba a grabar escenas del primer cortometraje de mi carrera llamaron
a mi celular. Yo iba en un taxi que me llevaría a alguna parte que, en este momento, no preciso.
Trato de formular lo que hice el resto del día... No lo logro.
El taxista miraba de reojo mientras yo me constreñía en alguna esquina del asiento de pasajero.
Pedí disculpas al amable chofer por la abolladura que hice en su techo.
Yo me esforzaba por hacer las preguntas adecuadas. ¿Qué se pregunta en un caso así?
Esteban había salido con sus amigos de bicicleta a mirar parajes montañeses. En alguno de los trechos su bicicleta derrapó, o se trancó en algún hoyo y salió disparado directo a una piedra. Su cabeza amortiguó el impacto: lo suficiente como para que su alma escapara. Creo que usaba
casco, pero no hizo diferencia alguna.
Esteban Mora Lobo era un hombre muy grande que quería acondicionar su cuerpo. Él me dijo en secreto alguna vez: "es para que combine lo de afuera con lo tuanis que soy por dentro". Recuerdo lo que sudaba el pobre; un poco de calor y ya tenía que hacerse viento, agitar su camisa y aún así se le sombreaba su ropa de humedad. A veces pienso que yo mismo sudo más desde ese día.
Hay sucesos en la vida que se dejan una parte del alma.
El alma se fragmenta. Una de las piezas que lo conforman a uno se cae... Y el resto se reacomoda.
Estebillan se llevó ese fragmento de mi ser a la tumba.
No tuve el coraje de asitir a la vela, al entierro, ni nada. No he vuelto a ver a su esposa. Inconscientemente la he evitado para no desmoronarme sobre su hombro. Siento vergüenza,
culpa y pena. Desde ese día me repito que los defraudé. Dejé a Esteban peleando la buena
batalla solo. El miedo a perder a mi amigo me paralizó.
Esteban sabía cuánto yo soñaba con ser actor.
Todavía dedico todos mis estrenos a él. A su recuerdo, en silencio.
Quise colgar una foto con él. Me di cuenta que no tengo una sola...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario